Finanzas

 

Ahorra para mañana
Buscadores de Tesoros
Creciendo en la gracia de dar
De tarjetas de crédito y otros demonios
El dinero no hace la felicidad, pero...
 

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AHORRA PARA MAÑANA, PORQUE NO SABES LO QUE VENDRÁ

Nadie sabe a ciencia cierta lo que el día de mañana ha de traer. Entonces, ¿cómo podemos afrontar lo inesperado y lo que el futuro ha de traer? Descubra el secreto que proviene de la naturaleza donde nosotros podemos prepararnos para cualquier tiempo de escasez.

Por Pastor Bruno Frigoli

"Ve a la hormiga, oh perezoso, mira sus caminos, y sé sabio; la cual no teniendo capitán, ni gobernador, ni señor, prepara en verano su comida, y recoge en el tiempo de la siega su mantenimiento." Proverbios 6:6-8

Aquí encontramos un principio de oro. Tal como la hormiga prepara para el invierno, nosotros también podemos prepararnos para cualquier tiempo de escasez.

Quiero que piense un momento en todas las deudas y todos los gastos que tiene mensualmente. Paga la electricidad, paga el agua, el gas, el teléfono, paga a todos menos a usted mismo. Y después de un mes de trabajo duro, no tiene nada para mostrar por todo su esfuerzo. ¡Debe haber un cambio!

Hay que encontrar la manera en que pueda pagarse a sí mismo. Todos sabemos que el diezmo es del Señor, pero ¿por qué no pagarse un porcentaje a sí mismo también? De cada cheque que recibe, de primero su diezmo, y después páguese a si mismo.

Si usted ahorra el 10% de su sueldo, en 10 meses, tendrá el sueldo de un mes ahorrado. En 10 años tendrá el sueldo de un año ahorrado.

Si ahorra mil pesos al día, al fin del año tendrá 365.000 pesos. En diez años, tendrá 3.650.000 pesos. Tal vez no parezca mucho, pero ¿cuánto tiene ahorrado ahora mismo?

Tal vez no pueda ahorrar 10%, entonces ahorre 5% o lo que pueda. Lo importante es tener un plan. Es increíble ver como lo poco se acumula en mucho y con tan poco esfuerzo. Mi esposa y yo hemos ido en viajes con solo el ahorrar las monedas que sobraban al final del día. Vale la pena el esfuerzo.

Prepárese hoy para el día de mañana, porque no sabe lo que vendrá. Después de todo, más vale prevenir que curar, ¿no?

Bruno Frígoli, hijo de misioneros, nacido en La Paz Bolivia. Estudió Teología en EEUU en South Western Assembly of God University en Texas. Actualmente es co-pastor de la iglesia "Jesús Única Forma a Vivir." Es misionero en Chile desde 1999.  

 

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BUSCADORES DE TESOROS
 
Es un hecho científicamente comprobable que los hispanos, en general, nos hemos venido a Estados Unidos con "ojos verdes". Así como nuestros padres viajaron del campo a la ciudad o se mudaron de Europa al Nuevo Continente, nosotros estamos luchando por un futuro mejor para nuestras familias y las de nuestros hijos.

Por Andrés G. Panasiuk

Por eso trabajamos como trabajamos. Por eso sufrimos lo que sufrimos. Por eso nos hemos comprometido a enviar dinero a nuestros padres y familiares que todavía viven en Latinoamérica. (El dinero que giran a su propio país los mejicanos que viven en Estados Unidos es, después del petróleo, la segunda fuente más importante de recursos económicos de esa nación fronteriza.)

Sin embargo, a pesar de las circunstancias difíciles en que nos encontramos, los hispanos cristianos en este país no tenemos un problema que deba ser revisado por un oculista... Tenemos problemas cardíacos. El Señor Jesucristo nos dice: "Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón" (Mateo 6:21), y me da la impresión de que nosotros, como cristianos de habla hispana en Estados Unidos, todavía estamos a la búsqueda de nuestro corazón.

Cuando me decidí a estudiar a fondo este versículo, me pregunté qué quiere decir Jesucristo con la palabra "tesoro". Porque seguramente, si puedo descubrir dónde está mi "tesoro", allí también encontraré mi corazón y entenderé qué me está pidiendo Jesucristo.

Para aquellos que tenemos hijos (e hijas), el concepto es, quizás, un poco más fácil de entender porque nuestros niños son nuestro "tesoro". La Biblia declara que nuestros niños son "herencia de Jehová" y que son "cosa de estima", muy especiales para nosotros (Salmo 127:3-4). Por nuestros niños daríamos cualquier cosa. Cuando se enferman, nos quedamos orando junto a sus camitas y ¡hasta rogamos a Dios que nos permita sufrir por ellos! Los hombres no lloramos ¿verdad?... hasta que vemos caer una lágrima de dolor por las mejillas de alguna de nuestras niñas.

Nuestros hijos son nuestro tesoro. Cuando van creciendo, compartimos con ellos nuestros conocimientos. La madre le dice a la niña: ­¡Acércate, que te voy a enseñar cómo se hacen los pastelitos que hacía tu abuela!

O puede que el padre mire al niño y le diga: ­Ven conmigo, que te voy a mostrar cómo se cambia el aceite del auto.

­¡Pero si tiene sólo tres años! ­grita la madre desde el cuarto.

­No importa ­responde el papá­, ¡tiene que aprender desde chico!

Los niños son nuestro tesoro. Nos gusta pasar tiempo con ellos. Sabemos que cuando menos imaginemos, vamos a parpadear y nos hallaremos en medio de una ceremonia religiosa. Mamá quiere conversar con sus hijas; papá quiere jugar a la pelota con los muchachos. Son nuestro tesoro. Allí está nuestro corazón. Ahí es donde invertimos nuestro tiempo, nuestro esfuerzo, nuestras capacidades personales, nuestra energía y, si tenemos adolescentes, ¡también nuestro dinero!

Ahora, la pregunta para nuestra vida de cristianos es: ¿dónde está nuestro tesoro?

¿Dónde estamos poniendo nuestro tiempo?

¿Dónde estamos poniendo nuestro esfuerzo?

¿Dónde estamos poniendo nuestras capacidades personales?

¿Dónde estamos poniendo nuestra energía?

¿Dónde estamos poniendo nuestro dinero?

Donde lo pongamos, allí está nuestro tesoro en la vida. Lamentablemente, en muchos casos, la respuesta a estas preguntas es "trabajo", "carrera", "hogar", "posición económica".

Jesucristo, sin embargo, nos desafía hoy a que hagamos de El nuestro tesoro. El nos llama a descubrirlo nuevamente.

Si el pueblo cristiano hispano de Estados Unidos, con el potencial de recursos que posee, hace de la cruz de Cristo su tesoro y clava en el Calvario su corazón, no sólo podremos reanimar nuestros alicaídos ministerios, sino que además podremos llegar a impactar la vida espiritual de todo el continente.

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CRECIENDO EN LA GRACIA DE DAR

La ansiedad humana tiende siempre a sentir gozo cuando recibe. Jesús nos enseña que hay otra forma de considerar el gozo. Es a través de la gracia de dar.

Por Aldo Broda

La ansiedad humana tiende siempre a sentir gozo cuando recibe. Jesús nos enseña que hay otra forma de considerar el gozo. Es a través de la gracia de dar.

Esta gracia es una de las bendiciones más grandes del Nuevo Testamento. Dios dio, Jesús dio, los discípulos dieron, los primeros cristianos dieron, los mártires de la fe dieron, los misioneros dieron, quienes nos precedieron dieron, por lo tanto nuestro imperativo es dar. Dando nos renovamos, dando sentimos gozo, dando experimentamos el amor al prójimo, dando aprendemos a vivir como cristianos.

"Un corazón egoísta ama por lo que puede recibir". Este es el deseo del avaro.

"Un corazón cristiano ama por lo que puede dar". Esta es la experiencia de crecer en la gracia de dar.

¿Qué tan pudiente debo ser para participar en la gracia de dar? ¿Pueden los pobres tener el privilegio de sentirse bienaventurados por participar de esta gracia?¿Es sólo un privilegio de la clase media y de los ricos? La respuesta la tenemos claramente desarrollada en 2ª. Corintios 8:1-9. Un ejemplo verdaderamente sorprendente. Pasaron de pobres a ricos por medio de la gracia de dar. La mayordomía de sus vidas, correctamente administradas, lo hizo posible.

Cuando el creyente da, descubre un importante secreto de la vida cristiana.

A veces el cristiano, lleno de las bendiciones del Señor, duda en contribuir para la obra de Dios. Antepone delante de Él sus propias necesidades y no atiende como es debido las necesidades de la Obra. Por eso muchos creyentes no alcanzan a vivir la plenitud en Cristo por su falta de predisposición a crecer en la gracia de dar. Debemos aprender a vivir en plenitud. Hasta que esta experiencia no sea realidad en la vida del creyente, le será difícil disfrutar de la vida abundante que Cristo ha prometido.

Parece un contrasentido, pero es una hermosa realidad.

La ansiedad humana siempre tiende a sentir gozo cuando recibe. Jesús nos enseña que hay otra forma de considerar el gozo. Es a través de dar. A simple vista pareciera algo fuera de lugar ¿Sentir gozo porque doy? Por lo contrario, me pongo alegre cuando me dan algo. Me gusta que me regalen. ¡Qué lindo recibir regalos! Sin embargo hay una satisfacción tremenda en el dar. Para ello debemos estar imbuidos del espíritu cristiano. Cuando recibo es porque necesito. Cuando doy es porque tengo.

La gracia de dar nos convierte en fieles mayordomos.

A través de la gracia de dar servimos a nuestro prójimo, pues tenemos la oportunidad de demostrar nuestro amor hacia el necesitado. A la vez estamos testificando de que damos porque primero hemos recibido de parte de Dios.

Siempre he imaginado que las bendiciones de Dios son dadas como si yo tuviera un recipiente. Allí Dios envía sus bendiciones, pero si yo no saco de allí para dar, llega un momento en que el recipiente se llena y aunque Dios quiere bendecirme más, no puede, pues en el recipiente no hay lugar. Posiblemente yo tengo orgullo de todo lo que Dios me dio, pero no lo disfruto como debiera por no aprender a dar. Pero si saco de ese recipiente y por medio de la gracia de dar voy dando, siempre habrá lugar para que Dios me pueda dar más. Y al dar más el Señor, yo tendré más para dar y seguir disfrutando de la maravillosa gracia de dar. Si yo doy, Él me da. Si yo no doy, Él no me puede dar aunque quiera.

"...Dad y recibiréis..." Lucas 6:38, "...De gracia recibisteis, dad de gracia..." Mateo 10:8.

Por medio de la gracia de dar servimos a la iglesia. Nuestros diezmos y ofrendas serán llevadas con regocijo ante el altar del Señor y será por amor y no por obligación. Nuestros dones y talentos serán puestos al servicio del ministerio de la iglesia para que ésta pueda cumplir su responsabilidad en la tierra.

R.G. La Tourneau, un hombre cristiano de negocios, bien conocido en el mundo contemporáneo, ha sido siempre muy generoso en sus ofrendas para el Señor. En cierta ocasión respondiendo a una pregunta que se le realizaba en una entrevista dijo: -No es cuestión de cuánto de mi dinero voy a darle a Dios, sino cuánto dinero de Dios voy a guardar para mí.- Éste es el espíritu del dar generoso, un hombre que se ha desarrollado en la gracia de dar y lo goza.

Por la gracia de dar servimos al Señor. Hacemos posible que la iglesia cuente con todos los elementos para el cumplimiento de su obra misionera y social.

Una vieja leyenda dice que cuando el Señor ascendió a los cielos, los ángeles le dieron la bienvenida. Le adoraron y alabaron por la obra de la redención realizada. El arcángel Gabriel, preocupado se le acercó y preguntó:

- Señor,¿qué planes tienes para lograr que todos en la tierra conozcan la obra redentora que has realizado?

El Señor respondió:

- Reuní a un grupo de hombres: Pedro, Juan, Andrés, Mateo, Bartolomé y los demás, y durante tres años estuve compartiendo con ellos, instruyéndoles y pidiéndoles que fueran en mi nombre por todo el mundo anunciando las buenas nuevas de salvación.

Sin estar del todo tranquilo Gabriel insistió preguntando:

- Señor, si los hombres fallan, ¿Tienes algún otro plan para remediar sus fracasos o deserciones?

Jesús respondió:

- No. No tengo ningún otro plan. Sólo aquellos que me conocen personalmente y me reciben como Salvador y Señor pueden hacer la tarea. Sólo tengo a Pedro, Juan, Santiago y los demás.

Esta es una leyenda, pero nos permite reflexionar y preguntar:

¿Le estamos cumpliendo al Señor? ¿No se avergonzará de nosotros?

Cuando el creyente ha llegado a entender que más bienaventurada cosa es dar que recibir, ha comenzado a crecer en la gracia de dar. Debemos practicar esta gracia, pues al crecer en ella estamos apoyando la obra del Señor con nuestros dones, talentos, tiempo, capacidades, y bienes. Como fieles mayordomos hemos de recordar que las recompensas del Señor estarán en forma directa a como estemos obrando. "...Porque con la misma medida que medís, os volverán a medir..." Lucas 6:38

Esto debe llevarnos a procurar ser siempre generosos en nuestra manera de dar. Debe ser una alegría permanente servir al Señor a través de esta maravillosa gracia.

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De Tarjetas de Crédito y Otros Demonios:
Explorando el concepto bíblico de la deuda


La presión emocional que produce en las familias hispanohablantes, el tema de las deudas y las finanzas está teniendo un impacto devastador en el núcleo familiar.

Por Andrés G. Panasiuk

"¡Las tarjetas de crédito las imprime el mismo Satanás!" ...gritó el predicador descargando en su sermón años de frustración en el área de la consejería familiar. No lo culpo. La presión emocional que produce en las familias hispanohablantes, el tema de las deudas y las finanzas está teniendo un impacto devastador en el núcleo familiar.

En Estados Unidos las deudas en tarjetas de crédito se han cuadruplicado desde 1986 y representan la causa principal del 90% de las bancarrotas en el país. El año pasado más de un millón de personas se declararon en bancarrota, la tasa más alta en la historia de la nación. En enero de 1997 el 25% de los poseedores de tarjetas de crédito ¡todavía estaban pagando las deudas contraídas en la navidad de 1995!

Lamentablemente, los que sufren las primeras consecuencias de estas tendencias hacia el endeudamiento no son los políticos ni los empresarios. Son los consejeros familiares y los pastores. El 90% de las parejas que se divorcian apuntan al aspecto financiero como uno de los más importantes en el desarrollo del conflicto.

A pesar de la frustración personal con la problemática de las deudas, debemos admitir que la Biblia no dice que el pedir prestado sea pecado. Al contrario. El capítulo 15 de Deuteronomio nos muestra cómo, en una economía creada por Dios mismo, el pedir prestado se permitía pero, al mismo tiempo, se regulaba. La Biblia nos proporciona algunos principios importantes con respecto al pedir prestado:

 1. El pedir prestado siempre se asocia con una idea negativa y no recomendable.

En Deuteronomio 28, por ejemplo, Dios le dice al pueblo de Israel que si obedece, las cosas le irán bien, entre ellas: "...prestarás a muchas naciones, y tú no pedirás prestado" (v.12). Pero si el pueblo desobedecía, las cosas irían mal y el extranjero "...te prestará a ti y tú no le prestarás a él" (v.44).

Proverbios 22:7 indica que "el rico se enseñorea de los pobres y el que toma prestado es siervo del que presta." Y si usted no lo cree, deje de pagar su hipoteca ¡y después me cuenta quién es el verdadero dueño de su casa! Dios no quiere que seamos siervos de nadie más que de El. Cuando las deudas se empiezan a acumular, empiezan a presionar no sólo la vida emocional sino también la espiritual.

 2. El pedir prestado debe ser un compromiso a corto plazo.

Cuando Dios era ministro de economía, las deudas no duraban más de siete años. Al final de ese período se debían perdonar. Seguramente usted se podrá imaginar las precauciones que tomaba el prestamista para asegurarse de que el deudor estaba en condiciones de pagarle. No es así con los bancos de hoy, que junto con las compañías de crédito prestan dinero a gente que jamás debería recibir un préstamo, y en el Japón ahora las hipotecas se hacen hasta por ¡dos generaciones!

El cristiano, entonces, debería pagar sus deudas lo antes posible.

 3. Lo que se pide prestado se debe devolver.

El apóstol Pablo declara: "Pagad a todos lo que debéis..." (Romanos 13:7). Ese es un principio eterno y transcultural de la Palabra de Dios. Era verdad en Roma hace dos mil años y es verdad en nuestro país en el día de hoy. Si usted se comprometió con alguien a pagarle algún dinero, ésa fue su palabra. Su palabra representa su honor y el honor de Dios porque usted es hijo o hija de Dios.

Por esa razón el concepto de bancarrota no existe para el creyente. En un caso extremo (y como último recurso), es justo que el cristiano use un recurso legal como ése para protegerse del asedio de sus acreedores. Pero es inmoral la transferencia de bienes para evitar pagar deudas. Cada una de las deudas adquiridas, eventualmente se deben pagar... ¡aunque nos lleve el resto de la vida hacerlo!

No importa lo que diga la ley del país. La Palabra de Dios, que es superior, nos dice que nuestro "sí" debe ser "sí" y nuestro "no", debe ser "no"; y que es mejor no hacer una promesa, que hacerla y no cumplirla (Eclesiastés 5:5).

 4. Sólo deberíamos pedir prestado si tenemos la certeza de que podemos pagar.

Sólo deberíamos pedir prestado si nuestro "activo" es mayor que nuestro "pasivo". Este principio se hace claro en la compra de un auto "cero kilómetro". Ni bien llevamos el auto fuera de la concesionaria, ya perdió un buen porcentaje de su valor. Si luego de un par de meses tenemos problemas económicos y lo queremos vender, ¡el dinero que recibiremos por él no alcanzará a pagar la deuda original! Nuestro pasivo (deuda) es más alto que nuestro activo (dinero que puedo recibir por el auto).

En el caso del auto (o de una casa), podríamos poner la suficiente cantidad de dinero de "enganche" para que, de esa manera, pidamos prestado una cantidad menor que el valor del auto en el mercado del "usado". También podríamos usar otra propiedad colateral para mejorar la situación de nuestro activo. Pero ése es tema para otro "sermón".

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El Dinero No Hace La Felicidad, Pero...
Explorando el concepto bíblico de la satisfacción personal


La Biblia nos dice claramente que Dios tiene un plan para nuestras vidas. Un plan de paz y no de mal. Un plan que incluye un bienestar especial para cada uno de nosotros

Por Andrés G. Panasiuk

El orador se detuvo en una pausa que flotó en el escenario provocando que su audiencia lo mire con atención. Luego, con una voz pausada, serena, casi íntima comenzó el cierre de su idea frente a un público en expectativa:

"Recuerdo la vez que un pastor vino a mi consultorio financiero. Quería que le ayudáramos. Su salario era tan bajo que había perdido su casa y estaba al borde de la bancarrota. Tenía tantas deudas encima que no podía ni siquiera alimentar a su familia." Hizo una pausa más, y entonces agregó: "¿Qué quieren que les diga? Yo no creo que Dios quiera que Sus hijos vivan en esta pobreza." Y entonces, con una chispa de picardía que pasó desde sus ojos a su voz comentó: "Es cierto que el dinero no hace la felicidad, ¡pero ayuda!" A lo que todos nosotros asentimos con aplausos, silbidos y risas.

Mientras la conferencia económica continuaba, yo escribí en un pequeño papelito: "Dios, dinero, felicidad". Una interesante trilogía. Sin embargo, había algo en la propuesta que no tenía sentido, que no encajaba bien. Decidí entonces que alguna vez iba a escribir algo con respecto al tema.

¿Será que Dios nos quiere ricos o nos quiere pobres?

Yo creo que Dios nos quiere ricos y también nos quiere pobres.

La Biblia nos dice claramente que Dios tiene un plan para nuestras vidas. Un plan de paz y no de mal. Un plan que incluye un bienestar especial para cada uno de nosotros (Juan 10:10; 14:27; 16:33).

En Deuteronomio 28 Dios hace una serie de promesas de prosperidad económica a Su pueblo si ellos están dispuestos a obedecerle. El Salmo 1 expresa claramente que el hombre íntegro es un hombre bajo la bendición de Dios y que todo lo que hace ha de prosperar. En Jeremías 29:11 Dios le dice al pueblo de Israel: "Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros" pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis".

Abraham era un hombre decididamente rico. También lo eran Isaac y Jacob. José fue uno de los hombres más ricos e influyentes de la antigüedad, lo mismo que Moisés, Salomón y la reina Ester. Otros personajes económicamente establecidos fueron Nehemías, Daniel (profundamente respetado aún en estos días en muchas naciones orientales), Mateo, Zaqueo, Nicodemo, Teófilo, Filemón y muchos otros más tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.

Sin embargo, afirmar que los planes de Dios para nuestra vida pasan con certeza por el ámbito del éxito económico es, por un lado, ignorar las Escrituras y, por el otro, caer víctimas de uno de los sistemas de pensamiento del mundo de hoy. El apóstol Pablo en Romanos 12:2 nos advierte claramente de que no debemos "tomar la forma" de la sociedad que nos rodea, sino que debemos transformar nuestra visión del mundo cambiando la manera en la que pensamos.

El creer que Dios siempre quiere que seamos ricos significa haber caído en la trampa de una filosofía no-cristiana que ha ganado una increíble popularidad desde el final de la guerra fría: la filosofía del materialismo.

Es cierto que Job fue un hombre rico. Pero también por un tiempo fue pobre. Es cierto que Jacob fue un empleador de muchos siervos, pero también fue empleado de su suegro. Es cierto que Moisés se crió en la casa de Faraón, pero también fue pastor de ovejas por 40 años. Es cierto que José y Daniel fueron hombres ricos e influyentes, pero también fueron pobres y esclavos en su época.

Si alguno de los "maestros económicos" que viajan por Latinoamérica en estos días hubieran visto a José ser encerrado en lo profundo del calabozo de Faraón, probablemente hubieran meneado la cabeza y hubieran dicho que José era, de seguro, un "perdedor". Además, hubieran concluido que, seguramente, se encontraba allí por algún pecado cometido (después de todo, "cuando el río suena, agua trae" ¿no?), y hubieran enseñado a sus seguidores que la voluntad de Dios no era que José estuviera viviendo tan pobre y tan miserable.

Sin embargo esa conclusión se opone diametralmente a la de las Sagradas Escrituras, que, en Génesis 45:5-8, nos enseñan que la miseria de José y todos sus sufrimientos ¡eran parte del plan de Dios para su vida! Lo mismo ocurrió con Job (que nunca se enteró por qué le pasó lo que lo pasó), con Mardoqueo, con Daniel, con Jacob, con Moisés. Hombres que, en algún momento de sus vidas, tuvieron que pasar por la pobreza, la persecución y la miseria para cumplir con lo que Dios les tenía preparado.

Por otro lado, puede que Dios no sólo llame a alguien a pasar por la pobreza para vivir en la riqueza, pero también puede ser que llame a alguien que está viviendo en la riqueza a dejar su situación de holgura económica para vivir en la pobreza. Ese es el caso de Moisés, que tuvo que dejar los lujos del palacio de Faraón para guiar al pueblo de Israel a través del desierto; o el caso de Nehemías, que dejó la corte de Artajerjes para reconstruir la ciudad de Jerusalén.

En el Nuevo Testamento encontramos a un "joven rico" al que Jesucristo le pide que deje todas sus posesiones económicas antes de seguirle, también encontramos a un Mateo dejándolo todo y siguiendo a Jesús hasta la muerte, a un Saulo de Tarso, abandonando un futuro prometedor por las persecuciones, la cárcel y el patíbulo, o a un grupo de creyentes que en Hechos 2 que venden sus propiedades para repartirlas a aquellos que están en necesidad.

Finalmente, puede que Dios tenga en mente llamar a alguien que está en la pobreza a vivir pobre el resto de su vida. Ese es el caso de Isaías, Jeremías, los profetas menores, la gran mayoría de los apóstoles y los discípulos del Señor Jesucristo del primer siglo. También es el caso de la gran mayoría de los mártires de la Iglesia de nuestros días.

El hecho de que el apóstol Pedro, el apóstol Juan o San Pablo hayan muerto pobres, perseguidos y enfermos no quiere decir que hayan estado bajo una maldición de Dios ni que hubieran estado fuera de la voluntad de Dios para sus vidas. Todo lo contrario. Ellos la estaban cumpliendo al pié de la letra, aún cuando no disfrutaban de prosperidad económica.

Entonces, basados en estos ejemplos bíblicos, parece obvio que los planes de Dios para nosotros, los "pensamientos de paz y no de mal", no implican necesariamente abundancia financiera. Puede que si, puede que no. Puede que Dios quiera que seas rico con un propósito determinado, puede que El quiera que seas pobre con un propósito determinado.

El sincretismo evangélico

El problema en las iglesias latinoamericanas de hoy que han sido afectadas por la filosofía secular del materialismo es que siempre se define el concepto de "bendición" en términos materiales y positivos.

La felicidad, entonces, se queda pegada a la idea de que la voluntad de Dios para nuestra vida tiene que ver, de alguna manera, con nuestra capacidad de compra y con las cosas "buenas" que nos pasan a diario. Este es un buen ejemplo de sincretismo en la iglesia evangélica de nuestros días.

Como resultado de la conquista, el catolicismo se asoció con las religiones paganas de nuestros pueblos para incorporar, por ejemplo, a la "pacha-mama" a su vida religiosa. Hoy, los evangélicos nos hemos asociado al capitalismo para incorporar el culto a la "money-mama" a nuestra vida religiosa!

Sin embargo, Jesucristo expresó claramente que los valores trascendentes son mucho más importantes que los intrascendentes, que no debemos sacrificar las cosas eternas en pos de lo pasajero. El mismo nos da el principio de vida que nos debe llevar hacia la felicidad. Nuestro Señor dice en el capítulo seis de San Mateo: "¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?"

¿Qué hace la felicidad?

Un importante principio para recordar, entonces, sería que la tarea más importante en la vida es, justamente, vivir. Donde "vivir" significa mucho más que meramente existir. Significa parar de correr detrás de las cosas materiales y superficiales y comenzar a perseguir las cosas más profundas de la vida.



Aquí va un examen para probar sus conocimientos del tema:


En un interesante estudio realizado recientemente por la televisión educacional norteamericana sobre el consumismo en el país y publicado en la internet (http://www.pbs.org/kcts/affluenza/diag/what.html), se descubrió que el porcentaje de norteamericanos que respondieron al estudio diciendo tener vidas "muy felices" llegó a su punto más alto en el año… (usted elige):

(1) 1957 (2) 1967 (3) 1977 (4) 1987

La respuesta correcta es la uno. La cantidad de gente que se percibía a sí misma como "muy feliz" llegó a su pico máximo en 1957 y se ha mantenido bastante estable o a declinado un poco desde entonces. Es interesante notar que la sociedad norteamericana de nuestros días consume el doble de bienes materiales de los que consumía la sociedad de los ’50. Sin embargo, y a pesar de tener menos bienes materiales, se sentían igualmente felices.

Aprender a "vivir", entonces, significa aprender a cumplir con la voluntad de Dios, poner en práctica los talentos y dones que El nos ha dado, concentrarnos en las cosas trascendentes como: servir y enriquecer la vida de nuestro cónyuge, amar y enseñar a nuestros hijos, desarrollar nuestra vida personal y profundizar nuestra relación con el Señor.

Jesucristo dijo: "...la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee" (Lucas 12:15). Vivir nuestra vida, y vivirla en abundancia, significa aprender a disfrutar el ver a nuestros niños jugar en el fondo de la casa. Significa la lágrima derramada después de orar y darles el besito de las buenas noches. Significa preocuparnos por la vida de la gente, ayudar a pintar la casa del necesitado, arreglarle el auto a una madre sin esposo, y escuchar en silencio hasta cualquier hora de la noche el corazón del amigo herido.

Vivir en abundancia significa predicar las buenas nuevas a los pobres y a los ricos, pregonar el año agradable del Señor a los vecinos, aprender a restaurar al caído y a sanar al herido. Significa, para los varones, poder mirar a nuestra esposa a los ojos y decirle "te amo". Poder llegar a ser un modelo de líder-siervo para nuestros niños. Significa dejar una marca más allá de nuestra propia existencia.

Ese, creo yo, es el concepto bíblico de vivir en abundancia. Ese es el tipo de vida que Dios quiere de nosotros. Ese es el oro, la plata y las piedras preciosas con las que Jesucristo quiere que construyamos nuestras mansiones en el cielo. Esa es la idea de ser "rico para con Dios" que surge de Lucas 12:21.

Poco tiene que ver este concepto de la felicidad y la satisfacción personal con las enseñanzas del "evangelio de la seguridad económica". Poco tiene que ver con lo que se enseña en los círculos afectados por el materialismo de hoy. Si en algo estoy de acuerdo con el orador de la otra noche es que el dinero no hace la felicidad, y, sinceramente, no se hasta cuánto ayuda.

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