Misiones

 

La urgente misión de la iglesia
Despertemos del sueño
Cómo una iglesia pequeña puede hacer misiones
Obediencia hasta el último mandamiento
Las diez mentiras - Introducción
Diez razones para amar a los musulmanes

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Primero su voluntad, luego nuestros deseos
La urgente misión de la Iglesia
Cuando Cristo dijo que "los campos ya están blancos para la siega", hablaba de que "el campo es el mundo". Algunos argumentan que la Gran Comisión fue solo para los discípulos de Cristo y no para hoy. Pero la Iglesia como depositaria del evangelio, tiene un serio deber que cumplir. Los que niegan este deber, con su falta de obediencia a su claro mandato, niegan a su Señor. Por Jonatán Lewis

Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones..." (Mateo 28:19).
Las circunstancias, los consejos de hermanos y un sentimiento de paz son formas de conocer la voluntad de Dios para nosotros. Pero nuestra búsqueda de la voluntad de Dios, ¿comienza realmente en el lugar correcto? ¿Podemos, legítimamente, considerar primero nuestros propios deseos, circunstancias y necesidades, y luego procurar la dirección de Dios?
La vida de Cristo nos sugiere que debemos invertir el orden de nuestra búsqueda. Él dijo: "Mi comida es que haga la voluntad del que me envió..." (Juan 4:34). Cristo comenzó por comprender la voluntad de Dios, sus deseos y propósitos. Luego ajustó su vida y sus acciones en conformidad con esa voluntad.
¿Cómo conoció el Señor Jesús la voluntad del Padre? Estaba íntimamente empapado con las Escrituras. A menudo expresaba: "Como está escrito...". Conocía perfectamente el propósito de Dios tal como estaba en la Palabra. Cristo comprendió que su papel particular consistía en el cumplimiento de esa Palabra y, a través de la oración, se comprometió a la obediencia: "Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya".
Cristo no eligió según sus propios deseos, ni permitió ser influido por circunstancias o expectativas de otros. Él permaneció obediente aun cuando fue tentado por Satanás a tomar una ruta corta hacia el gobierno del mundo. Y eligió la obediencia inclusive cuando esta significó el sufrimiento y una muerte cruel en la cruz.

Cristo, la Gran Comisión y su Iglesia
Si observamos a la Iglesia primitiva, vemos con claridad que Cristo intentó durante todo el tiempo que sus discípulos fueran los líderes de la primera comunidad de creyentes que habría de reunirse en su nombre. Nos parece extraño que sus instrucciones finales no tengan ninguna relación con los asuntos del gobierno de la Iglesia, ni con el tipo de edificios que debían ser erigidos o el orden de los servicios, sino que Él habla acerca de ir y hacer discípulos a todas las naciones.
Si reconocemos que Él establece su Iglesia y que esta debe ser el agente de Dios para la continuación del cumplimiento de su propósito en el mundo, entonces podremos ver que las palabras últimas de Cristo de "ir y hacer discípulos" fueron muy oportunas.
Cristo no ignoraba el hecho de que estos hombres pronto iban a necesitar información adicional sobre el funcionamiento de la Iglesia. Él había prometido darles el Espíritu Santo, el cual había de guiarlos a toda la verdad. Igualmente valioso fue el entrenamiento que les dio durante el curso de los tres años de su ministerio terrenal. Les había demostrado el principio más importante del liderazgo: el servicio, y les había dado su nuevo mandamiento de "amarse los unos a los otros", como la base de toda relación personal. El amor debía ser el vínculo por medio del cual la Iglesia de Cristo se ligaría.
Mientras Él los entrenaba, a la vez ampliaba la visión de los discípulos, de tal manera que estos iban comprendiendo el propósito para el cual la Iglesia existía. Jesús les dio una perspectiva hacia todas las naciones. Los desafió a que miraran los campos "porque ya están blancos para la siega" y les dio a conocer en términos ciertos que "el campo es el mundo". Al entrenarlos para trabajar con amor, se aseguraba que la Iglesia entendiera la base sobre la cual debía funcionar internamente Al darles una perspectiva hacia todas las naciones, se aseguraba que la iglesia comprendiera su propósito en el mundo.

La iglesia y su deber
Siempre ha habido gente que argumenta que la Gran Comisión únicamente se aplicó a los discípulos de Cristo y que la iglesia no tiene que identificarse con esa perspectiva. Pero esta posición está directamente en contra de la voluntad de Dios revelada a su pueblo. Como depositaria del evangelio, la Iglesia tiene un serio deber que cumplir. Los que niegan este deber, con su falta de obediencia a su claro mandato, niegan a su Señor.
En los últimos versículos de Mateo 24 y en el capítulo 25, las enseñanzas de Cristo se relacionan con su segunda venida y con lo que harán, mientras lo esperan, aquellos que le profesan fidelidad. A los que reconocen a Cristo y su soberanía se les ha confiado la preciosa posesión del evangelio. Además, Cristo siempre ha otorgado dones a sus discípulos, para que funcionen en conjunto a fin de glorificarle y edificar su Iglesia. Es esta Iglesia, en sus muchas y variadas expresiones, la que debe llevar a cabo el gran trabajo de la evangelización del mundo.

Responsabilidades y privilegios de la Iglesia.
El libro de los Hechos describe el papel de la Iglesia en la evangelización del mundo entonces conocido. Testimonio dinámico, persecución y equipos misioneros fueron elementos usados por Dios para desarrollar esta labor. Aunque Pablo fue llamado de una forma única y preparado como apóstol, tan solo debido a su obediencia a la voluntad de Cristo se manifestó en su ministerio efectivo. Mucho crédito merecen también los que se unieron a él para los esfuerzos específicos de su misión.
La fundación de comunidades de creyentes que continúen viviendo sus vidas en "koinonía", es la meta de la evangelización. Como un organismo vivo, cada iglesia crece y se reproduce a sí misma mediante el testimonio, el establecimiento de iglesias hijas y el envío de equipos misioneros. Cada iglesia tiene el deber sagrado de cumplir su parte, en cuanto a la Gran Comisión del Señor, según los dones y la habilidad que Él le haya concedido.

Extraído de "Misión mundial", por Jonatan P. Lewis, Editorial Unilit.

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La visión de Dios para la Iglesia es: hasta lo último de la Tierra
Despertemos del sueño
Este mensaje fue predicado en uno de los cultos de la "Escuela de misiones para pastores y laicos".
Un desafío para despertar del sueño y emprender la gran tarea de ganar a las naciones con el mensaje del evangelio.

Es interesante el origen de la palabra éxito. Viene del latín, de ella se derivó la palabra exit en inglés que significa salida. La palabra en su origen significa salir de un encierro.

Uno tiene éxito cuando sale del encierro. Cuando sale de la circunstancia que lo tiene detenido.

Hoy quiero hacer una denuncia de las estrategias del diablo en contra de la iglesia para tenernos encerrados en cuatro paredes y no tener la visión que Dios quiere, que es: hasta lo último de la Tierra. Estrategias que el diablo usa continuamente y por las cuales nos ha tenido por mucho tiempo encerrados.

La primera estrategia es la ignorancia
La ignorancia se manifiesta de dos maneras: en primer lugar, ignorancia de lo que Dios nos dice en su Palabra. Cuando nosotros desconocemos el manual del fabricante, el mensaje de Dios, lo desconocemos a Él. Este es el primer gran error.
La Biblia es la que nos muestra el plan de Dios para redimir al mundo. Dios en su corazón amoroso y compasivo planificó la redención del mundo a través de su Hijo Jesucristo. En Mateo 28:19-20 tenemos la llamada Gran Comisión que el Maestro específicamente nos ha asignado: "Por tanto id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado...". En otras palabras podemos decir que misiones es la misión de Dios, la realización de los planes de Dios, la manifestación de la gracia. Es el amor de Dios puesto en acción. Es la tarea más sublime que pudo encomendarse al ser humano. La Gran Comisión es convertida en hechos por medio de la Iglesia.
Pero no puede llevarse a cabo la misión de Dios sin los recursos humanos que somos nosotros, el pueblo de Dios. La estrategia del diablo en cuanto a la ignorancia toma fuerza cuando el pueblo de Dios ignora la Palabra.
Los autores de la Biblia, movidos por el Espíritu Santo, escribieron en un lengua común, sencilla. La forma escrita se realizó en el lenguaje más accesible a la gente. De esta forma comunicaban un mensaje con significado y contenido que llegaba con claridad a la mente y al corazón de cada uno de los que lo escuchaban. Por eso, es evidente entonces que la persona que no entiende que misiones significa llevar el amor de Dios hasta lo último de la Tierra, desconoce lo que Dios nos dice en su Palabra. Ahí está la clave por la cual el diablo trata de que nosotros seamos ignorantes de la Palabra, porque si somos ignorantes de su Palabra somos ignorantes del autor de la misma. Dios no respalda ningún método, estrategias misioneras ni planes para desarrollar las misiones, Él respalda corazones que lo conocen y el conocimiento viene a través de su Palabra. Porque conocemos al Señor y conocemos lo que Él quiere, conocemos sus planes. Si leemos la Biblia de una manera superficial, sin detenernos en sus verdades más profundas, difícilmente podamos descubrir los planes que Dios tiene.
A veces nos alimentamos solamente de lo que escuchamos en la radio, o de predicaciones, o de lo que otros nos dicen, pero no vamos a la fuente, a la cantera, a sacar las riquezas de manera personal, por iniciativa nuestra y no de otros. De otra manera, si todos leyeran la Palabra y profundizaran en ella, no habría ni un solo cristiano que no entienda que el llamado de Dios es para todo el mundo.
El Espíritu Santo nos muestra a través de la Palabra el propósito de Dios por el que existimos, que es llegar hasta lo último de la Tierra. Debemos leer la Biblia cuidadosamente para que el Espíritu Santo, por medio de la Palabra de Dios pueda destruir nuestro conformismo. Como dice el dicho popular: "Ojos que no ven, corazón que no siente". La manera de ver con los ojos de Dios es justamente buceando en su mensaje escrito.
Hay muchísimos ejemplos del Antiguo al Nuevo Testamento, que hablan del propósito de Dios. Por ejemplo: "... haced célebres en los pueblos sus obras..." (Isaías 12:4), "Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones" (Jeremías 1:5), "Y unirán muchas naciones a Jehová en aquel día, y me serán por pueblo..." (Zacarías 2:11), "Porque desde donde el sol nace hasta donde se pone, es grande mi nombre entre las naciones..." (Malaquías 1:11).
Los Salmos hablan del propósito de Dios, nosotros los cantamos: "Aclamad a Dios con alegría toda la tierra".
Las profecías hablan de que el propósito de Dios era para todas las naciones. La historia del pueblo de Israel en el Antiguo Testamento nos muestra que Dios siempre quiso que todas las naciones lo conozcan. De hecho, ese es el propósito por el que el pueblo de Israel fue llamado a ser como un imán espiritual. Luego, en el Nuevo Testamento, encontramos un montón de textos más, conocidos, predicados miles de veces: Mateo 28:19; Marcos 16:15; Lucas 24:47-48; Juan 20:21; Hechos 1:8. En Mateo 28, cuando Jesús dijo: "Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra...", lo que quiso decir es: el que manda en el cielo y la Tierra soy yo, y luego agregó: "Por tanto, id...". Esta no es una opción, si uno quiere o no quiere: es una orden y el Señor antes de darla aclaró la autoridad que tenía para hacerlo.
Génesis arranca con la promesa para Abraham de ser bendición para todas las naciones, Apocalipsis termina con el apóstol Juan mirando una foto del futuro y diciendo: "Había gente de todo linaje, pueblo, lengua y nación"; una realidad que todavía no hemos vivido pero que en la eternidad de Dios Juan la vio. Toda la Palabra de Dios está impregnada del propósito de Dios para su iglesia, que es llevar su Palabra hasta lo último de la Tierra.
Por eso, cuando algunas personas, llamadas hijos del Señor, no entienden el llamado a las naciones es porque han caído bajo esta primera estrategia de las tinieblas llamada ignorancia de la Palabra de Dios.
Otra faceta de la estrategia de las tinieblas contra la iglesia es la ignorancia de la realidad mundial. Por mucho tiempo se ha dicho que los cristianos evangélicos vivimos "adentro de un frasco", porque no sabemos lo que pasa a nuestro lado.
La ignorancia de la realidad mundial puede ser producto de la apatía, el egoísmo, la falta de preocupación por lo que pasa afuera. Muchos cristianos desconocen que a cada minuto son miles los que se van al infierno porque no tienen a nadie que les diga que Jesús los ama.
Escuchamos decir: ¿por qué los misioneros se van tan lejos cuando aquí hay tanta necesidad? Cuando miramos al mundo hay que entender la diferencia que existe entre necesidad y oportunidad de conocer al Señor.
Algunos datos nos ayudarán a mirar para afuera:
En el planeta se hablan unos 6.800 idiomas. De estos tienen traducida la Palabra de Dios en forma total unos 371, entre los cuales está el castellano. Nosotros tenemos todo tipo de Biblia, en tamaño, color, versión, letra gigante, chica o grande. Y la tenemos hace muchos años. ¡Qué privilegio! ¡Qué bueno es poder leer el mensaje de Dios para nosotros cada día y hasta en muchos colores y tamaños. Somos uno de los 371 idiomas que gozan el mensaje completo del Señor. Imagínense lo que sería tener que aprender otro idioma para conocer lo que Dios quiere decirnos.
Aparte de esto, hay 960 traducciones más con solo el Nuevo Testamento. Los lectores gozan de la mitad, el Nuevo Testamento. Pero todavía no pueden descubrir qué pasó en el Antiguo Testamento.
Hay 902 idiomas más que tienen una pequeña porción. A veces es Juan 3:16, en otras ocasiones es el libro entero de Juan, o en algunos casos, dos o tres capítulos. Se trabaja en 1.500 idiomas y hay necesidad urgente de traducción en tres mil idiomas más.
Con estos pequeños datos vemos que en el mundo hay mucha necesidad. En Mauritania, por ejemplo, en el año 1995 no se sabía de ningún creyente mauritano. Es un país que tiene un poco más de tres millones de personas. En el año 1998 se sabía de cuatro. Yo encontré a un misionero brasileño que estaba en Mauritania y conocía a los cuatro creyentes de ese país. Tres podían congregarse más o menos una vez por mes, y el cuarto vivía tan lejos que cada ocho meses viajaba y se encontraba con los otros tres en forma secreta para orar y escuchar algo del mensaje de Dios.
Cuando empezamos a mirar algunos números entendemos la necesidad del mundo. Y no hemos hablado de la necesidad del hambre, de la desnudez, de la desnutrición. Cuando estuve en África, cuatro madres me ofrecieron sus bebés para que me los trajera, porque sino iban a morirse en sus brazos. Cuando uno toma uno de esos bebés le queman las manos del paludismo que tienen. Probablemente muchos de los que tuve en brazos ya murieron. Esas realidades que nosotros desconocemos son la consecuencia de la estrategia del diablo en contra de la iglesia, la ignorancia de cómo está el mundo en este tiempo. Ignorancia de los recursos que tenemos, e ignorancia de que Dios envió a su Hijo para morir por todos y no solamente por los que le hemos conocido.
En muchas ciudades de nuestro país la iglesia evangélica creció un doscientos por ciento en los últimos diez años. Son noticias lindas, alentadoras. Sin embargo, yo miro mi ciudad y todavía hay mucha necesidad. Pero cuando miro el mundo veo que hay muchos que no tienen oportunidad de conocer al Dios que nosotros amamos.
Esta estrategia del diablo de cegarnos al mundo hace que nuestro corazón no sienta nada y que no seamos exitosos, que nos quedemos encerrados, que no avancemos.

La segunda estrategia es la inmadurez
Se da cuando la iglesia tiene conciencia de su misión pero ve el mandato de Cristo como si fuera algo tan alejado de la realidad, solo para aquellos que quieren viajar.
La inmadurez provoca en el cristiano desobediencia, letargo, comodidad en el trabajo que le corresponde hacer. También se observa cuando se actúa por emoción o sentimientos. Es interesante la diferencia entre sentimiento, emoción y pasión. Se dice que la emoción es algo muy intenso pero breve, que dura muy poco, es como una explosión. Desborda, explota, pero dura poco. El sentimiento, sin embargo, es algo pequeño, tenue, como la llama del piloto del calefón, pero constante. A diferencia de la emoción que es muy grande, el sentimiento es algo pequeño. Pero a diferencia de la emoción que es breve, el sentimiento es continuo. La pasión combina a las virtudes de los dos anteriores, es intensa y continua.
Muchos en el llamado misionero se quedan en la emoción. Se entusiasman con una actividad misionera, un video o una predicación, ofrendan, pasan al altar, lloran, dan todo lo que tienen en ese momento y dicen: "Me voy, me voy, me voy". Eso fue el domingo. El martes o el miércoles se les pasó la emoción, se olvidan de todo y la llama que parecía que los consumía se apagó porque era una emoción, algo muy intenso pero breve.
Otros se quedan en el sentimiento. Acá están los que han experimentado cosas lindas en el Señor pero su llama es tan tenue que no les permite tener un compromiso. Siempre se acuerdan, pero necesitan que alguien los empuje para que esa llama llegue al máximo. Pero después vuelven a su estado normal. Se acuerdan del llamado pero necesitan sentir para hacer algo. Dicen: "Hoy no siento de orar, no siento de ofrendar". Son personas que están dentro de la inmadurez en el llamado.
Esta estrategia del diablo contra el pueblo de Dios busca que vivamos de sentimientos, de emociones y no del conocimiento que viene de la Palabra de Dios y de madurez en el llamado.

Por último está la estrategia del egoísmo
Es difícil de descubrir porque es muy íntima. Nadie la ve, excepto los ojos de Dios. Es difícil de descubrir porque no vivimos con los hermanos.
El egoísmo puede definirse como un prejuicio sin compasión. Nos preocupamos solo por nuestras necesidades y le damos el primer lugar a lo nuestro, lo demás no importa.
Una evaluación de las motivaciones que tenemos nos ayudan a ver si actuamos por egoísmo o no. Por ejemplo, los programas de nuestra iglesia ¿son para adentro, o tienen proyección hacia afuera? Las motivaciones por las cuales yo estudio, por ejemplo medicina, ¿son por un buen sueldo, por estatus o porque quiero servir? ¿Lo que doy en la ofrenda en relación con lo que gasto cuando salgo a comer es igual, o es menos? Con estos pequeños detalles descubrimos si nuestras actitudes son egoístas o no. Nuestro egoísmo nos quita de ver lo que hay más allá. En África no solamente hay pobreza: no hay comida. Nosotros aún tenemos abundancia. El egoísmo no nos deja ver la necesidad de los otros.
Si vamos a experimentar los propósitos, el plan que Dios trazó para nuestras vidas, vamos a ir en contra de la corriente, vamos a pagar un precio, no va a ser fácil ni sencillo.
Tengo un amigo, un hermano en Cristo, es de la etnia mandinga, que vive en Tambacunda, Senegal. Él y su familia eran musulmanes. Su padre, un multimillonario, construyó una mezquita y con eso "se ganó el cielo del Islam". El hermano es embajador en Argelia y su hermana está casada con un diputado en Senegal, todos son muy adinerados. Mi amigo estaba a punto de entrar a la facultad para estudiar, quería ser escribano, cuando alguien le predicó y se convirtió al Señor. Inmediatamente su padre le dijo: "A partir de hoy estás muerto, vete". Y lo echaron con lo puesto. Ahora, pasados ya más de diez años es pastor de una iglesia en Tambacunda. Se cambió su nombre de Mohamed a Tito, por el Tito de la Biblia.
Después de muchos años la familia volvió a hablarle. Un día visitó a su hermano, el embajador, que le ofreció regalarle una casa y pagarle todos los estudios a cambio de que dejara el cristianismo y se volviera al Islam. El hermano le dijo: "Yo soy embajador, tú también puedes serlo". Tito le respondió: "Tú eres embajador de los hombres yo soy embajador del cielo, no voy a volver atrás".
Para cumplir el plan de Dios vamos a ir en contra de lo que la sociedad dice. La ignorancia tiene sus frutos, la inmadurez tiene sus frutos y el egoísmo tiene sus frutos. El egoísmo quiere que nosotros tengamos la vida más liviana que podamos llevar. No nos deja dar lo nuestro. La ignorancia nos deja encerrados entre cuatro paredes. Sin embargo, no podemos estar tranquilos si vamos a experimentar el plan de Dios para nosotros.
Cuando vemos la necesidad que hay, decimos: ¿qué podemos hacer nosotros? Podemos hacer todo lo que Dios ha planeado, cada uno en su lugar. Con Cristo somos mayoría aplastante.
Hasta lo último, dijo el Señor. Hay necesidad en mi ciudad pero no hay oportunidad en otros lugares.

Fernando Barria es Pastor Misionero a tiempo completo de la Iglesia Dimensión de Dios en la ciudad de Neuquén, Argentina donde reside junto a su esposa Susana y a su hija Agustina. Trabaja en África con los fulas.

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Desafíos para alcanzar a las naciones
Cómo una iglesia pequeña puede hacer misiones

Cuando predico y exhorto a los pastores a que lleven a sus iglesias a realizar la tarea de las misiones mundiales, siempre me cuestionan si una iglesia pequeña puede hacer algo. Mi respuesta siempre ha sido afirmativa. Aquí presento seis pasos para que una iglesia pequeña pueda trabajar en la obra misionera.

Confíe en el gran Dios
Debemos entender que el plan de Dios para la iglesia es el establecimiento de su Reino mediante la predicación del evangelio en todas las naciones, y esto no depende del tamaño de la iglesia. El factor decisivo es el tamaño de nuestro Dios. Él dice: "Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces" (Jeremías 33:3). La Biblia afirma que Dios: "es poderoso para hacer (...) mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros" (Efesios 3:20).
A veces miramos nuestra incapacidad, el tamaño de nuestras iglesias, la situación económica, y quedamos desanimados: decimos que es imposible. Pero nos equivocamos. Debemos mirar a Dios y creer en su poder, porque Él es grande y quiere hacer grandes cosas. ¡De nada hizo todo! Necesitamos orar como el rey Josafat: "Porque en nosotros no hay fuerza contra tan grande multitud que viene contra nosotros" (2 Crónicas 20:12). Aquí está el secreto de la victoria: quite los ojos de las circunstancias y póngalos en las manos del gran Dios, y Él transformará nuestras iglesias en verdaderas bases misioneras.

Comience un movimiento de oración
Mediante la oración, la iglesia puede llevar a cabo un movimiento misionero y alcanzar naciones. Exhorte a los miembros de su iglesia a orar en sus casa, en el trabajo, en los momentos de descanso, en la iglesia. Por medio de la oración Dios tocará la vida de las personas, se abrirán las puertas, serán bendecidos los misioneros y se salvarán las almas.

Capacite a los creyentes en la evangelización personal
Descubrí una cosa interesante en mi ministerio: los creyentes no evangelizan porque no saben cómo hacerlo. Antiguamente pensaba que se trataba de falta de consagración, falta de fe y desánimo; pero luego descubrí que el gran problema era la falta de enseñanza práctica. En aquel tiempo invité a un equipo de la Cruzada Estudiantil y Profesional para Cristo para que dictaran un curso de evangelismo y cómo hacer discípulos para la iglesia. La obra del Espíritu Santo fue maravillosa: los miembros comenzaron a predicar el evangelio.
Me acuerdo del testimonio de un diácono: "Pastor, soy creyente desde hace más de treinta años y nunca nadie oró conmigo para entregar su vida a Cristo. Pero esta tarde tuve la alegría de ver a alguien que oró conmigo, y que invitó a Cristo a entrar en su vida". Hoy el adiestramiento para evangelizar es parte de la instrucción de los nuevos creyentes en la Escuela Dominical.
Llame a las personas al campo misionero
Mediante la predicación, la enseñanza y la recomendación de libros, puede llamar a las personas a entregar su vida a la obra misionera. Creo que en todas las iglesias hay personas capacitadas para el campo misionero. Entonces predique, exhorte y procure identificar a esas personas, déles el apoyo necesario en las clases de discipulado y encamínelos para que reciban la capacitación adecuada.
Apoye a los llamados. Muchos pastores pecan pues no apoyan, no orientan ni ayudan a los capacitados. Tal vez tienen miedo de perder el puesto, o tienen celos o son irresponsables. Si en su iglesia hay algún miembro llamado por Dios para el ministerio, déle todo el apoyo que esté a su alcance. De esa manera colaborará para la expansión del reino de Dios. No tema, el mismo Dios que lo puso a usted en el ministerio es poderoso para confirmarlo –o retirarlo– conforme a su soberana voluntad.

Desafíe a los creyentes a que contribuyan económicamente
Una iglesia pequeña puede hacer mucho para las misiones mediante la contribución económica de sus miembros. Dios no mira el monto de la ofrenda, sino que ve el tamaño del corazón de la persona que dio. ¿Se acuerda de la ofrenda de la viuda pobre? Fue mayor que las demás porque la dio con todo su corazón (Lucas 21:1-4).
Además de eso, Dios es poderoso para multiplicar cualquier ofrenda, como lo hizo en la multiplicación de los panes. Soy testigo de eso. Dios hace milagros en las finanzas de la iglesia, cuando esta coloca las misiones en primer lugar.
Conozco familias que están manteniendo parientes en el campo misionero. Muchas veces cuando encuentro a algún misionero le pregunto: "¿Quién lo sostiene?" En ocasiones me responden que son sus padres y hermanos. Y al indagar sobre cuántos son, me encuentro con que son solo cinco o seis. ¿Qué tamaño tiene su iglesia? Aunque sea de cinco o seis miembros, si sienten el desafío y asumen la responsabilidad, podrán unirse y sostener misioneros, así como algunas familias lo hacen. Exhorte a su pueblo a que contribuya económicamente.

Asocie su iglesia con otra para enviar misioneros
Una iglesia pequeña puede disponer de personas y dinero para la obra misionera. Pero a veces no está en condiciones de recaudar todo el sostenimiento económico necesario; por lo tanto, puede unirse a otras iglesias y juntas podrán enviar el misionero.
Voy a contarle una experiencia que marcó mi vida. Un pastor de una iglesia pequeña fue a nuestra Conferencia Misionera Anual y recibió el desafío de hacer misiones a través de su iglesia. Volvió dispuesto a hacer de su iglesia una iglesia misionera. Exhortó a los miembros y la respuesta fue el inicio de un movimiento de oración por las misiones y de sostenimiento misionero. Cuando obtuvo el dinero de las ofrendas mensuales para misiones, no tenía en qué invertirlo, entonces solicitó a nuestra iglesia la oportunidad de participar en el sostenimiento de una de nuestras misioneras en África. Consulté a la iglesia y con alegría aceptamos asociarnos para sostener juntas a la misionera. Ahora ese mismo pastor marcha para un campo misionero, y las dos iglesias van a participar en su sostenimiento.
Una iglesia pequeña puede y debe también hacer la obra misionera.
Todo depende de que sea exhortada, reciba la visión y acepte la responsabilidad.

Tomado del libro: "La iglesia local y las misiones", por Edison Queiroz, Unilit.

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Lo único para lo que vale la pena vivir o morir es: ganar el mundo para Dios
Obediencia hasta el último mandamiento
"Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones..." (Mateo 28:19). "Pero recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos (...) hasta lo último de la tierra" (Hechos 1:8).

Estas expresiones inspiran la idea de nada menos que una conquista mundial. «Todas las naciones», «todo el mundo», «toda criatura», «hasta lo último de la Tierra», indican, todas ellas, que el corazón de Cristo estaba resuelto a exigir su justo dominio sobre el mundo que Él había redimido y ganado para sí mismo. Cristo cuenta con sus discípulos para que se encarguen de realizar esa tarea. Mientras está parado al pie del trono, listo para ascender y reinar, les dice: «... Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra» (Mateo 28:18), y les señala de inmediato a «todo el mundo», «hasta lo último de la tierra», como el objeto de sus deseos y de sus esfuerzos, tanto de Él como de sus discípulos.

Tal como un rey sobre el trono, Él mismo será tu ayudador: «y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.» (Mateo 28:20). Ellos han de ser las fuerzas de avanzada de sus huestes conquistadoras, aun hasta lo último de la Tierra. Él mismo llevará adelante la guerra. Procura inspirarles con su propia seguridad de victoria, con su propósito de hacer que esto sea lo único para lo cual vale la pena vivir o morir, es decir: ganar el mundo para Dios.

Cristo no enseña ni discute, no pide ni ruega: simplemente ordena. Ha preparado a sus discípulos para la obediencia, los ha ligado a sí mismo en un amor que puede obedecer. Ya en ese momento les ha soplado su propio Espíritu de resurrección. Puede contar con ellos. Se anima a decirles: «Id por todo el mundo» (Marcos 16:15). Antes, durante su permanencia en la Tierra, más de una vez habían expresado sus dudas sobre la posibilidad de poder cumplir sus mandamientos. Pero aquí las aceptan de la misma manera quieta y sencilla en que Él les habla estas divinas palabras. Y no bien hubo Jesús ascendido, se dirigieron al lugar preestablecido para recibir el poder celestial que vendría del Señor, e iniciar la labor de hacer a todas las naciones sus discípulos. Ellos aceptaron el mandamiento y lo transmitieron a los que por intermedio de ellos creyeron en su nombre. Y dentro de una generación, hombres sencillos, cuyos nombres ni siquiera conocemos, habían predicado el evangelio en Antioquía y en Roma y en las regiones de más allá. El mandamiento fue transmitido y tomado a pecho y de todo corazón, tal como debe ser para todas las edades, tal como debe ser para todo discípulo.

El mandamiento es para nosotros también, para cada uno de nosotros. No existe en la Iglesia de Cristo ninguna agrupación privilegiada a quien pertenezca ese honor, ni ningún grupo especial de servidores sobre quienes con exclusividad dependa el deber de llevar el evangelio a toda criatura.

La vida que Cristo imparte es su propia vida; el espíritu que Él sopla es su propio Espíritu; la disposición que Él obra es su propio y sacrificado amor.

Es propio de su misma naturaleza de salvación que cada miembro de su cuerpo, en sano y pleno acceso a Él, se sienta urgido a impartir a otros lo que Él ha recibido.

El mandamiento no es ninguna arbitraria ley dictada desde afuera. Es simplemente la revelación de la maravillosa verdad de que nosotros somos su cuerpo, de que ahora ocupamos su lugar en el mundo, y de que su voluntad y amor son ahora ejecutados por nosotros como la obra que Él concibió, y de que ahora, en su lugar, vivimos para buscar la gloria del Padre al tratar de ganar un mundo perdido para Él.

¡De qué manera terrible ha fracasado la Iglesia en obedecer el mandamiento! ¡Cuántos cristianos hay que ni siquiera sabían de tal mandamiento! ¡Cuántos que oyen hablar de él, pero que no procuran con sinceridad obedecerlo! Y cuántos que procuran obedecerlo de una manera y según un molde que les parece apropiado y conveniente.

Acepta su mandamiento
Hay varias cosas que debilitan la fuerza de este mandamiento. Hay la impresión de que un mandamiento dado en una forma genérica para todos no obliga tanto como uno que sea expresamente personal y específico; que si otros no hacen su parte, nuestra porción de culpa es relativamente pequeña; que donde las dificultades son muy grandes, no puede pretenderse que la obediencia sea absoluta; que si estamos prontos a hacer lo mejor que podamos, eso es todo lo que puede esperarse de nosotros. ¡Hermanos! esto no es obediencia. Este no es el espíritu que mostraron los primeros discípulos. Este no es el espíritu en el que deseamos vivir con nuestro amado Señor.

Lo que nosotros más bien debiéramos decir es: «Si no hay ningún otro, yo, por su gracia, me entregaré a mí mismo y mi vida para vivir para su reino.»

Voy a ilustrar esto con mi vida. Yo soy un miembro del cuerpo de Cristo. Cristo pretende que cada miembro esté a su disposición, para animarlo con su Espíritu, para vivir según lo que Él es y lo que Él hace. Así es con mi propio cuerpo carnal. Llevo diariamente conmigo todos mis miembros sanos, en la seguridad de que cada uno de ellos hará su parte. De la misma manera nuestro Señor me ha tomado a sí mismo en su cuerpo, y no puede pedir ni esperar nada menos de mí. Y tan ciertamente me he entregado a Él, que debo desechar toda idea de esperar nada que no sea conocer y hacer su voluntad.

Tomemos otra ilustración. Cristo me ha comprado con su sangre. Ningún esclavo adquirido por la fuerza o comprado por dinero fue jamás tan íntegramente propiedad de su dueño como lo es mi alma con respecto a Cristo, redimida y ganada por su sangre, entregada y ligada solo a Él por amor, para que haga con ella lo que le plazca. Sus demandas lo son por derecho divino, obran a través del Espíritu Santo con un poder infinito; yo, por mi parte, he dado mi asentimiento de que viviré dedicado íntegramente a su reino y su servicio. Este es mi gozo y mi gloria.

Hubo un tiempo en que fue distinto. Hay dos maneras en que un hombre puede dar a otro ya sea su dinero o su servicio. Cierta vez hubo, en la antigüedad, un esclavo que con su oficio ganó mucho dinero, todo el cual iba a parar a las arcas del amo. El amo, que era un hombre bueno, trataba con amabilidad al esclavo. Al cabo de cierto tiempo, con las ganancias que su señor le permitía guardar, el esclavo logró comprar s libertad. En el curso de los años el amo empobreció de tal manera que se vio obligado a recurrir a su antiguo esclavo en demanda de ayuda. El antiguo esclavo no solo estaba en una posición en que podía ayudarlo, sino que lo hizo así con gozo, y dio con genero en gratitud por la anterior bondad.

Se nota de inmediato la diferencia entre traer su dinero y su servicio cuando era un esclavo y su liberalidad cuando libre. En el primer caso entregó todo, porque tanto el dinero como su persona pertenecían al dueño. En el segundo caso entregó tan solo lo que decidió que debía dar.

¿De qué manera debiéramos dar a Cristo? Me temo que muchos, muchísimos, dan como si estuvieran libres de dar lo que ellos decidan, lo que creen que pueden proporcionar. El creyente al que el Espíritu Santo le ha revelado el derecho que tiene adquirido por el precio pagado en sangre, se deleita en saber que es esclavo del yugo de un amor redentor, y en colocar todo lo que tiene a los pies del dueño, pues le pertenece a Él.

¿Nunca se han extrañado de que los discípulos aceptaran tan dócil y fácilmente el gran mandamiento? Tenían fresca en la memoria el Calvario, donde habían visto la sangre. Se habían encontrado con el Resucitado, el que les había soplado su Espíritu. Durante cuarenta días les había «dado mandamientos por el Espíritu Santo» (Hechos 1:2). Jesús era para ellos salvador, maestro, amigo y Señor. Su palabra llevaba una fuerza divina; no podían menos que obedecer. ¡Oh que nos rindamos a sus pies y nos entreguemos al Espíritu Santo para que nos revele y nos confirme su todopoderosa demanda y que, sin dudar ni un instante y de todo corazón, aceptemos el mandamiento como nuestro único y exclusivo propósito: ¡llevar el evangelio a toda criatura!

Tomado del libro: La Escuela de la Obediencia, de Andrew Murray, Editorial Portavoz.

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Estrategias del diablo para frenar el avance de la Iglesia en las misiones
Las diez mentiras
Hace unos años escribí una serie de notas bajo el título de "Las siete razones". En ellas enfrentaba cuestiones concretas para la falta de visión misionera, contrastándolas con actitudes de los que poseen dicha visión. He recibido muchos comentarios por aquellos artículos durante los años que siguieron, y también pude exponerlos en muchos países de América Latina. Dios ha puesto en mi corazón el tema para esta nueva serie: "Las diez mentiras".

Recientemente me di cuenta de lo paradójicos que somos con la obra de Dios en la Argentina. Por un lado, la Iglesia es conocida en todo el mundo por su autoridad: autoridad para reprender demonios, liberar lugares, hacer guerra espiritual, etc. Sin embargo, en manifiesta contradicción, muchas veces el diablo a esta Iglesia supo engañarla casi sin dificultades. Simplemente le susurra al oído: "No se puede", y se le da la razón sin oponer resistencia.

¡Qué contradicción! ¡Qué paradoja! No nos damos cuenta de que estamos creyendo las mentiras del diablo. Hay una verdadera batalla en nuestra mente, y muchas veces perdemos territorio importante, sucumbiendo a las mentiras del enemigo.

Podemos hablar de mentiras en muchas áreas, pero quiero enfocarme en diez mentiras en cuanto a las misiones. El diablo teme más que nada a las misiones. Si bien el evangelismo también le asusta, el considerar la pérdida de su territorio en grandes bloques del mundo donde la oscuridad reina le preocupa más.

Pensemos en el reino del Hinduismo, que tiene entre un 15 y un 20% del mundo en su trampa. El Islam, por su parte, con más del 20% del mundo en sus manos. El Budismo, cerca del 20%. Y el Humanismo Secular, en Europa y otros lugares, tiene a más del 10% del mundo atrapado con sus engaños.

Para el diablo, perder terreno en un país ya alcanzado, donde ya se ha tomado mucho territorio, es menos problemático que rendir lugar en las áreas que ha dominado por siglos y siglos.

Hace poco Ricardo Nicholson, nuestro orador en la 8ª Gira Misionera, nos comentó algunas reflexiones del libro "El próximo cristianismo". El autor de este libro, que es un profesor secular, observa que la base del cristianismo del futuro ya no está en Europa –como sucedió por quinientos años– ni en los Estados Unidos –como en el siglo pasado– sino en el sur: algunos países de África, América Latina, y partes del Asia. Si los autores seculares están observando este fenómeno, seguramente el diablo también está al tanto, y está haciendo todo lo posible para frenar y ser obstáculo a las iglesias que crecen en esta parte del mundo, sabiendo que si se involucran en la obra misionera dificultarán la tarea que él tiene, para defender estos bloques grandes que ha dominado. Creo que una de las cosas que más asusta al diablo es el crecimiento de la obra misionera en estos nuevos países, el nuevo centro del nuevo cristianismo.

Las campañas evangelísticas, iglesias en crecimiento, creyentes evangelizando en nuestro querido país seguramente le causan escozor y le molestan. Pero no lo aterrorizan. En parte ya ha aceptado perder la batalla. Ya ha perdido por lo menos el 5% del territorio en este país, mientras que en muchos países musulmanes hay menos cristianos que los que encontramos en una sola iglesia de la Argentina.

Hablamos entonces de países de setenta y cinco millones de personas con solamente dos mil cristianos. Este sí que es un territorio que el diablo no quiere rendir, y quiere defenderlo hasta lo último.

En esta batalla grande nos encontramos donde él quiere. En cuanto a su potencial de misiones, él ve a la Iglesia como a un gigante dormido, y prefiere que siga así.

Hagamos cuentas
Para darnos una idea, de diez mil iglesias, hablando en forma conservadora –pues puede ser que hayan doce mil– solamente seiscientas están involucradas en la obra misionera. Y el diablo, como tantas veces, usa como campo de batalla a la mente. ¡Nuestra querida mente! Muchas veces Pablo habla de esta batalla (ver Filipenses 4:4-8; Efesios 6; Romanos 12:1-2). Esta batalla es parte de nuestra vida diaria.

El "no se puede"
Hace unos años existía un verdadero "no se puede" en cuanto a misiones. Era una fortaleza. Durante la década de 1990 Dios nos permitió ser partícipes en la ruptura del "no se puede". Más o menos en 1997 esta frase, que por tantos años se relacionaba con misiones, comenzó a menguar. Claro, no desapareció totalmente. Hubo muchas iglesias –la mayoría– que quisieron conservarla como máscara para ocultar su verdadera cara: el "no quiero" –del egoísmo–. Pero ya con cerca de doscientos cincuenta misioneros argentinos fuera del país –hoy hay entre 300-350– era difícil utilizar como excusa "no se puede".

En la década citada se contó con la ventaja de la convertibilidad, y era verdad: la moneda argentina valía fuera del país. Pero después vino el año 2000. Y, eventualmente, diciembre de 2001, cuando presenciamos la caída de un gobierno que quería defender la convertibilidad marcando el fin de once años con una moneda estable, baja inflación, créditos y muchas cosas que antes eran solamente para la clase alta –teléfonos, automóviles, viajes en avión, teléfonos celulares, etc.–. Cambió el mundo, totalmente. El comienzo de una pesadilla que todavía no termina.

El diablo, gozoso de todo eso, decide aprovechar y nuevamente frenar el avance que más le había asustado en los últimos años: la visión misionera. Con todos sus soldados disponibles, desplegó en la Argentina su más eficaz método: ganar la mente con sus mentiras.

En los próximos meses, entonces, estaremos viendo "Las diez mentiras". Estas son:
1. Ahora, con la moneda débil, no podemos hacer misiones.
2. Solamente hay que invertir en la Argentina.
3. Ahora necesitamos ayuda de los Estados Unidos o de otros países, para hacer misiones.
4. Con todo este lío va a detenerse la obra misionera.
5. La Argentina es ahora un país pobre. Somos uno de los países más pobres del mundo.
6. Hay tanta necesidad acá, que no podemos hacer misiones.
7. Los problemas de la Argentina son políticos y económicos. Si no fuera por ellos, podríamos hacer misiones.
8. La iglesia es víctima de la crisis.
9. Ahora, con la crisis, todos los misioneros tienen que ser bi-vocacionales, especialmente en Europa.
10. Los misioneros tienen que volver, por la devaluación.

Usted se involucra en una gran batalla. ¿Va a caer en la trampa del diablo a través de una o varias de estas mentiras? ¿O será capaz de ganar la batalla?

"Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta" (Romanos 12:1-2).

Brad Walz es el Presidente del Departamento Nacional de Misiones de la UAD.

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Diez razones para amar a los musulmanes
Millones de musulmanes necesitan conocer el amor de Jesús, pero muchas barreras se levantan en el corazón de los que tienen el mensaje. Hay por lo menos diez razones por las que el mundo musulmán se merece una oportunidad.

¡El Señor ama a los musulmanes! . Los musulmanes son amados por Dios de la misma manera que Él ama a toda la gente. Como todos los seres humanos, los musulmanes son creados en la imagen del Señor (Génesis 1:26-27). Como todos los seres humanos, los musulmanes "han pecado y están privados de la gloria del Señor" (Romanos 3:23). Como todos los seres humanos, El Señor los amó tanto "que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna" (Juan 3:16).

2. ¡El Señor llama a los musulmanes a sí mismo! El Señor nos diseñó a todos nosotros para buscarlo. Eso incluye los musulmanes. "De un solo hombre hizo todas las naciones para que habitaran toda la tierra (...)” Esto lo hizo Dios para que todos lo busquen y, aunque sea a tientas, lo encuentren. En verdad, Él no está lejos de ninguno de nosotros, “puesto que en él vivimos, nos movemos y existimos” (Hechos 17:24-31, especialmente 26-30). Como a usted y a mí, El Señor ha puesto eternidad en sus corazones (Eclesiastés 3:11).

3. Los únicos buenos musulmanes… son la mayoría de los musulmanes. Los medios tienden a representar a los musulmanes como terroristas extremistas que desean bombardear los países occidentales y matar a todos los cristianos. La gran mayoría de los musulmanes son gente que aman la paz y son hospitalarios.

4. ¡Los musulmanes son gente, también! La mayoría de los musulmanes desean las mismas cosas que usted y yo. Desean una educación buena para sus niños, están preocupados sobre el crimen y la pornografía creciente, y trabajan fuertemente para pagar sus cuentas y para sobrevivir. Como nosotros, la mayoría de los musulmanes denigran el sufrimiento humano y la violencia entre la gente. Muchos anhelan la paz, la amistad y una vida feliz. Tenemos las mismas preocupaciones y necesidades. Debe nacer un amor en nuestros corazones para amarlos y entregar nuestras vidas con tal que conozcan la salvación en Cristo.

5. ¡El Señor trabaja entre los musulmanes! Muchos musulmanes son sensibles a Dios y a las cosas espirituales. Porque temen a Dios y están enterados de la realidad espiritual, los musulmanes hablan a menudo de cómo el Señor apareció a ellos en sueños y visiones, como lo hizo el temeroso de Dios, Cornelio (Hechos 10:1-8). Las historias abundan de sanidades debido al poder del Señor a través de Jesús. Un número creciente de musulmanes tiene hambre para saber de Jesús.

6. Porque estamos relacionados espiritualmente. Muchos musulmanes miran a 'Ibrahim (Abraham) como "nuestro antepasado" (Romanos 4:1). Puesto que los que siguen a Jesús llaman a Abraham el "padre de todos los que creen" (Romanos 4:11), ¡esto nos hace "primos"! Como nosotros, los musulmanes creen en un Dios verdadero, el Creador de toda la gente.

7. Porque valoran nuestro Santo Libro y a Jesús. El Corán elogia específicamente la "Torah" (los libros de la ley, los primeros cinco libros de la Biblia); el "Zibur" (los salmos, o literatura de la sabiduría); y el "injil" (los Evangelios). Dios envió a Jesús a la Tierra; Jesús curó a muchos durante su ministerio; y está volviendo para juzgar a los vivos y a los muertos.

8. Porque tienen algo para enseñarnos. Los musulmanes toman el mundo espiritual muy en serio y son generalmente más abiertos para considerar cosas espirituales. Tienen un respeto muy alto por Dios y su poder. Los musulmanes ponen un alto valor en comunidad y lealtad. La hospitalidad es muy importante para ellos. Estas son las cualidades que la mayoría de los occidentales aprecian en sus amigos musulmanes.

9. Dios hizo promesas a sus antepasados. Muchos musulmanes miran a 'Ibrahim (Abraham) como su antepasado a través de su primer hijo, Ismael. El Señor hizo esta promesa a 'Ibrahim: "En cuanto a Ismael, ya te he escuchado. Yo lo bendeciré, y lo haré fecundo y le daré una descendencia numerosa. Él será el padre de doce príncipes. Haré de él una nación muy grande" (Génesis 17:20). El Señor cumplió esta promesa, ¡porque hay millones de musulmanes y árabes en el mundo hoy!

10. Porque el Señor prometió que los musulmanes que siguen a Jesús serán parte de las multitudes delante del trono del Señor. Cuando El Señor recolecte a toda su gente a finales del tiempo, habrá representantes de cada grupo de la gente en la Tierra: "Después de esto miré, y apareció una multitud tomada de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas; era tan grande que nadie podía contarla. Estaban de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con túnicas blancas (...) Gritaban a gran voz: ¡La salvación viene de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!" (Apocalipsis 7:9-10).

Fuente: DNM / Tomado de los mensajes de El Reino

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